La Energía Nuclear Parte IV

¿La villana de la generación de electricidad?

A pesar de que tanto el gas pizarra como el petróleo de esquisto bituminoso han representado, para varios países, la materialización del tan acariciado sueño de la independencia energética, no se puede negar su impacto ecológico, mismo que han reconocido aquellos países que se niegan a explotar este recurso. En el caso francés, hay presiones hacia el gobierno para que se levante la prohibición: el argumento más fuerte es que estos recursos bien podrían ayudar a Francia a salir de la crisis energética en la que se encuentra y quizás podría regresar al primer puesto en producción de electricidad, más aún después del anuncio del presidente François Hollande de reducir la producción de electricidad con energía nuclear al 50 %. En este sentido, hay quienes piensan que en los hidrocarburos no convencionales está la solución para llenar con creces el hueco producido por esta reducción que, se espera, se complete para el año 2020. El gobierno francés sostiene que con fuentes renovables de energía se puede suplir el faltante. De hecho, se proyecta la construcción de varias granjas eólicas y se ha avanzado en el desarrollo de generación de electricidad por biomasa. Pero estos desarrollos avanzan lentamente: el año pasado, simplemente, Francia hubo de importar de Alemania, por primera vez, electricidad durante todos los meses del año.

Alemania se está perfilando como uno de los productores más importantes de electricidad para la industria en la Unión Europea. Tras el desastre de Fukushima, Alemania se apresuró a dar de baja sus generadores nucleares para generar energía a partir del carbón, lo que no ha sido impedimento para que estén en posibilidad de ofrecer el megawatt/hora en treinta y seis euros, en tanto que, en Francia, la industria ha de pagar diez euros más. ¿Qué sucedió con la competitividad francesa, con el país que otrora fuera la avanzada en cuanto a energía nuclear para propósitos civiles? Lo más probable es que sus reactores hayan ido envejeciendo con poco mantenimiento y, también, con poca inversión para renovarse. De cualquier manera, los críticos han empezado a hacerse escuchar: a raíz del cierre de las plantas nucleares en Alemania y en Japón, así como del plan francés de reducir drásticamente su capacidad de generación de electricidad, mucho se ha hablado de que estas economías están tomando decisiones de marcado corte político, ya que si se detuvieran a pensar en términos de impacto ambiental, no estarían considerando el cierre de sus plantas.

Francia es el país que al parecer, tiene más que perder en todo esto: mucho de idiosincrásico tenía el uso de energía nuclear, ya que para los franceses significaba una muy apreciada independencia energética. Por razones históricas, la relación de los franceses con la radioactividad ha sido, aparte de larga, sumamente significativa: basta con recordar los nombres Curie o Becquerel para entender por qué la energía nuclear casi forma parte del ADN francés. Pero, a raíz de los accidentes en las plantas nucleares, tanto de generación de electricidad como de tratamiento de desechos radioactivos —en la propia Francia ocurrió un accidente de esta naturaleza en una planta situada en Marcoule, al sur de Francia, en septiembre de 2011—, el símbolo amarillo con las tres aspas negras invoca, actualmente, más temores que seguridades.

¿Será ahora que la energía nuclear es tan cuestionable como el mismo petróleo? ¿O, peor aún, como el gas pizarra o el esquisto bituminoso, más contaminantes y más gravosos con el ambiente? Tal vez debería de contemplarse nuevamente sus ventajas y reconocer que, si bien las consecuencias de un accidente pueden ser de consideración, estos acontecimientos suelen ser poco frecuentes y quizás, cuantitativamente, durante la vida útil de un reactor, la contaminación generada es mucho menor que la que produciría una planta que trabaje con carbón aunque, a un tiempo, debería admitirse que la so- lución al problema del manejo de los desechos radioactivos dista mucho de ser la ideal todavía, ya que apenas en los últimos años se ha empezado a barajar la idea de construir depósitos subterráneos —o ubicados en el lecho marino— para que dichos desechos queden lo más lejos posible del ser humano y sean lo menos susceptibles a los embates de un desastre natural que, por ejemplo haría que estos desechos se filtraran al ambiente. En Finlandia, un depósito de este tipo entrará en operación apenas en el año 2020, en tanto que en Francia se contempla para 2025. Con ejemplos como este, parecería que una generación de energía limpia y que no represente una amenaza, ni para el ser humano ni para su entorno, queda todavía muy lejos. Tanto, que más se asemeja una utopía que un proyecto con vistas a realizarse algún día, por lejano que fuera.